(D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los bolsillos.)

D. César (interrumpiendo majestuosamente la operación).—He aquí que mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (Vuelve á llenarse los bolsillos.) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón!

(Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al lacayo.)

El lacayo (que le mira con impasibilidad).—Ahora espero vuestras órdenes.

D. César (volviéndose hacia él).—¿Para qué?

El lacayo.—Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí. Parece que hay comprometidos grandes intereses...

D. César (interrumpiéndole con aire de inteligencia).—Sí, ¡públicos y privados!

El lacayo.—Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo que me han dicho.

D. César (dándole un amistoso golpe en la espalda).—Y yo te alabo, fiel servidor.

El lacayo.—Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que me ponga á vuestras órdenes.