D. César.—Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo. (Aparte.) Que me cuelguen si sé qué decir. (Alto.) Acércate inmediatamente. (Llena de vino el otro vaso.) ¡Bebe!
El lacayo.—¡Cómo! Señor...
D. César.—¡Bebe! (Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el vaso.) ¡Es vino de Oropesa! (Hace sentar al lacayo, le obliga á beber otra vez y de nuevo le llena el vaso.) Ahora hablemos. (Aparte.) Ya está medio alumbrado. (Alto y estirándose en la silla que ocupa.) El hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego de sus pasiones. Toma. (Le escancia nuevamente.) Esto que te digo no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros bajamos. (Se frota la pierna.) El hombre no es más que vil materia. (Llena los dos vasos.) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que la alegría de cualquier borracho. (Aproximándose al lacayo y con aire misterioso.) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.
El Lacayo (con orgullo).—Yo no soy ayuda de cámara.
(Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está colocada encima de la mesa.)
D. César (aparte y aterrado).—Ha llamado; sin duda vendrá el amo en persona y estoy perdido.
(Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad, se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no sabiendo qué hacer.)
El Lacayo (al negro).—Abrocha al señor.
(El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto, le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale.)
D. César (levantándose: aparte).—Estoy en casa de Belcebú, no hay duda. (Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos.) En fin, dejemos rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero; ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (Se vuelve al lacayo que sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en su silla.) Escucha. (Aparte.) Veamos: con este dinero podría pagar á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah!