El Lacayo (bebiendo).—¿Qué queréis?

D. César.—Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (El Lacayo obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita.) Sí, eso es. (Al lacayo.) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante todo llénate de oro los bolsillos. (El lacayo se levanta tambaleándose y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando.) Vé al extremo de la plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y tapada la rotura con un pedazo de papel.

El lacayo.—Entiendo.

D. César.—Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.

El lacayo.—Bien.

D. César.—En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle, encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas... Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no te admires si ves que abren mucho los ojos...

El lacayo.—¿Qué más?

D. César.—Guárdate el resto. Y luego...

El lacayo.—Decid.

D. César.—Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras, con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche.