D. César.—Pero...
Los alguaciles (atándole las manos).—¡Qué suerte ha sido cogerle!
Un alguacil (entrando, al alcalde).—Aquí cerca se acaba de encontrar un hombre asesinado.
El alcalde.—¿Quién es el asesino?
D. Salustio (mostrando á D. César).—¡Ese hombre!
D. César (aparte).—¡Ese duelo! he sido un torpe.
D. Salustio.—Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí.
El alcalde (examinando el acero).—¡Sangre! Está bien. (Á D. César.) ¡Vamos, en marcha!
D. Salustio (á D. César, conducido por los alguaciles).—Buenas noches, Matalobos.
D. César (dando un paso hacia él y mirándole fijamente).—¡Sois un miserable!