El alcalde (examinando el blasón).—Sí, los dos castillos de oro...

D. Salustio.—Y las dos calderas. (En la lucha por desasirse, D. César deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al alcalde el volumen de estos últimos.) ¿Es así cómo se lleva el dinero que no es robado?

El alcalde (moviendo la cabeza).—¡Hum!

D. César (aparte).—¡Estoy perdido!

(Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero.)

Un alguacil (rebuscando).—Aquí hay papeles.

D. César (aparte).—¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente conservaba!

El alcalde (examinando los papeles).—¡Cartas!... ¿Qué es esto?... escrituras diversas...

D. Salustio (haciendo notar los sobres).—Todos del duque de Alba.

El alcalde.—Sí.