La Reina (corriendo hacia él).—¿Qué hace?
Ruy Blas (dejando el frasco).—¡Nada! Mis males han terminado; me maldecís, y yo os bendigo; esto es todo.
La Reina (aterrada).—¡Don César!
Ruy Blas.—¡Cuando pienso, pobre ángel, que me habéis amado!
La Reina.—¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho? ¡Decídmelo, contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo!
Ruy Blas.—Me llamo Ruy Blas.
La Reina (rodeándole con sus brazos).—Ruy Blas, os perdono; pero ¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno ese horrible licor?
Ruy Blas.—Sí; pero siento alegría en el corazón. (Abrazando á la Reina y levantando los ojos al cielo.) ¡Permitid, oh Dios mío, que este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste corazón; permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió!
La Reina.—¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la causa de su muerte! ¡Yo te amo, y te había perdonado!
Ruy Blas (desfallecido).—Lo mismo hubiera hecho. (Su voz se apaga; la Reina le sostiene en sus brazos.) Ya no podía vivir. ¡Adiós! (Mostrando la puerta.) ¡Huíd de aquí! Todo quedará en secreto... ¡Yo muero!