La Reina.—¡Caballero!...
La Reina.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (siempre de rodillas).—No temáis; no me acercaré á Vuestra Majestad; pero voy á decirlo todo, punto por punto. ¡Oh! creedme, no soy un vil; hoy he corrido por la ciudad como un loco, y la gente me miraba; cerca del hospital que habéis fundado, sentí vagamente que una mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor que brotaba de mi frente. ¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe!
La Reina.—¿Qué deseáis?
Ruy Blas (uniendo las manos).—Que me perdonéis, señora.
La Reina.—¡Nunca!
Ruy Blas.—¡Nunca! (Se levanta y adelántase hacia la mesa.) ¿Es esa vuestra resolución?
La Reina.—¡Sí!
Ruy Blas (coge el frasco que está sobre la mesa, acércale á sus labios y apura el contenido).—¡Triste llama, extínguete de una vez!