Ruy Blas (levantando la espada).—¿Has acabado ya?
D. Salustio (arrojándose sobre él y gritando).—¡Muero asesinado!
Ruy Blas (empujándole en el gabinete).—¡No, mueres castigado!
(Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra.)
La Reina (sola, cae desvanecida en el sillón).—¡Cielos!
(Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada.)
ESCENA IV
LA REINA, RUY BLAS
(Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo, cual si no se atreviese á levantarla.)
Ruy Blas (con voz grave y baja).—Ahora, señora, es preciso que os hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está hecho... perdonadme, señora, por haberos amado.