La Reina.—¡No matéis á ese hombre!
Ruy Blas.—Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora, porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (Empuja á D. Salustio hacia el gabinete.) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios ahí dentro!
D. Salustio.—¡Es un asesinato!
Ruy Blas.—¿Te parece así?
D. Salustio (desarmado y paseando una mirada de cólera á su alrededor).—¡Ni un arma en esas paredes! (Á Ruy Blas.) ¡Una espada al menos!
Ruy Blas.—¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!
La Reina.—¡Gracia para él!
Ruy Blas (á la Reina, cogiendo al marqués).—Señora, aquí cada cual se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel.
La Reina (de rodillas).—¡Gracia!
D. Salustio (gritando).—¡Al asesino! ¡Socorro!