D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—César os ama; le creo digno de vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España...

(Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y fuera de sí parece dispuesta á firmar.)

Ruy Blas (como volviendo en sí de improviso).—¡Yo me llamo Ruy Blas, y soy un lacayo! (Arrancando de manos de la Reina la pluma y el pergamino, y rasgando este último.) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No firméis, señora!

La Reina.—¿Qué decís, don César?...

Ruy Blas (dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin espada).—Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio; tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!

D. Salustio (á la Reina, con frialdad).—Ese hombre es efectivamente mi lacayo. (Á Ruy Blas con autoridad.) ¡Ni una palabra más!

La Reina (dejando escapar al fin un grito de desesperación y retorciéndose los brazos).—¡Santo cielo!

D. Salustio (continuando).—Sólo que ha hablado demasiado pronto. (Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante.) ¡Pues bien, sí; ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más completa! (Á la Reina.) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra riqueza. (Riendo.) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! (Rechinando los dientes.) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura!

(Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D. Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente.)

Ruy Blas (con aspecto terrible y la espada en la mano).—¡Paréceme que acabáis de insultar á vuestra Reina! (D. Salustio se precipita hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso.) ¡Oh! no vayáis por ahí que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte, que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente, y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (Al marqués.) Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera, cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser verdugo!...