La Reina (con terror).—¡Don Salustio!
D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—Para siempre seréis la compañera de ese hombre.
La Reina.—¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César...
Ruy Blas (desesperado).—¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho?
D. Salustio (adelantándose lentamente hacia la Reina).—Estáis en mi poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad, porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse dentro. (Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta á la Reina.) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete, podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis en mi poder. (Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir.) Podéis tomar asiento, señora.
La Reina (se deja caer aterrada en un sillón).—¡Estoy en su poder!
D. Salustio.—Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el escrito al Rey. (En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído de estupor.) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (Á la Reina.) ¡Firmad!
La Reina (temblando y aparte).—¿Qué hacer?
D. Salustio (inclinándose á su oído y presentándole la pluma).—¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (Tratando de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la tome.) ¡Vamos! (La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión angustiosa.) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro!
La Reina (agobiada).—¡Oh Dios mío!