Alfonso.—El criminal está descubierto.
Lucrecia.—¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es que no está ya detenido?
Alfonso.—Está detenido, señora.
Lucrecia.—Por mi alma, si está detenido, ¿por qué motivo no está todavía castigado?
Alfonso.—Lo estará. He querido antes saber vuestra opinión sobre el castigo.
Lucrecia.—Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está?
Alfonso.—Aquí.
Lucrecia.—¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar, ¿entendéis, señor? Esto es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen caer siempre la cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está aquí? Quiero verle.
Alfonso.—Es fácil. (Llamando.) ¡Bautista!
(El hujier reaparece.)