Lucrecia.—Una palabra aún, señor, antes de que el culpable sea introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque fuese de nuestra ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme vuestra palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí.

Alfonso.—Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien, señora?

Lucrecia.—Bien está; sin duda que lo entiendo. Traedle ahora; quiero interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á esa gente de Ferrara para que me persiga de este modo?

Alfonso (al hujier).—Haced entrar al preso.

(Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á Genaro desarmado entre dos partesaneros. En el mismo momento se ve á Rustighello subir la escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda, detrás de la puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un frasco dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de la ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta.)

ESCENA III

Los mismos, GENARO

Lucrecia (aparte).—¡Genaro!

Alfonso (aproximándose á ella, bajo y con una sonrisa).—¿Conocíais acaso á ese hombre?

Lucrecia (aparte).—¡Es Genaro! ¡Qué fatalidad, Dios mío!