Lucrecia.—Si supiérais...

Alfonso.—¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra abominable familia de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he amado! Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale más que la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la familia Borgia, que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli, ó Lenzolio, ¡qué sé yo! ¡Cáusame horror vuestro hermano César, que ha matado á su hermano Juan! ¡Me inspira horror vuestra madre Rosa Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á Roma después de haber escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros pretendidos sobrinos los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á fe mía! ¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres como el Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo; vuestro padre, que llena el presidio de personas ilustres y el sacro colegio de bandidos, de tal suerte, que viendo vestidos de rojo á galeotes y cardenales, se pregunta uno quiénes son los unos y quiénes los otros. Idos, ahora.

Lucrecia.—¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas y con las manos juntas, por Jesús y María, por vuestro padre y vuestra madre, monseñor, os pido la vida de ese capitán.

Alfonso.—¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su cadáver lo que os plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado una hora.

Lucrecia.—¡Perdón para Genaro!

Alfonso.—Si pudiéseis leer la firme resolución que tengo formada en mi ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto.

Lucrecia (levantándose).—¡Ah! ¡Tened cuidado, don Alfonso de Ferrara, mi cuarto marido!

Alfonso.—¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En mi alma no os temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como vuestro primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza, señor de Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en no importa qué escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil niño, cuya sangre ha manchado las losas de otra suerte que si fuese agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo! Yo soy hombre, señora, y el nombre de Hércules se lleva á menudo en mi familia. ¡Vive el cielo! tengo llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo soy y no he vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al papa, vuestro santo padre.

Lucrecia.—Os arrepentiréis de esas palabras, señor. Olvidáis que soy...

Alfonso.—Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien dónde os halláis. Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la gobernadora de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara. (Lucrecia, pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y retrocede lentamente ante él, hasta un sillón donde viene á caer como desfallecida.) ¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora. Hasta ahora he sido yo quien ha tenido miedo de vos, y entiendo que no será así de hoy en adelante. Para empezar, he aquí al primero de vuestros amantes cogido y condenado á muerte.