Lucrecia.—¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no podéis concederme una cosa tan insignificante como la vida de ese capitán?
Alfonso.—¿Me preguntáis por qué, amor mío?
Lucrecia.—Sí; ¿por qué?
Alfonso.—Porque ese capitán es vuestro amante, señora.
Lucrecia.—¡Cielos!
Alfonso.—¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia! ¡Porque le iríais á buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le seguíais! ¡Porque os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la loba en pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda alguna, señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio en todo eso! ¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr alrededor de mi lecho un río de sangre, entendedlo bien, señora!
Lucrecia.—Don Alfonso...
Alfonso.—¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde ahora, Lucrecia! Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara nocturna al hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora un portero de mi elección, el verdugo.
Lucrecia.—Monseñor, os juro...
Alfonso.—No juréis. Eso de los juramentos es bueno para el pueblo. No me deis tan malas razones.