Lucrecia (con aire juguetón).—Quisiera no tener que pensar más en el asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta cuestión á mi manera.
Alfonso.—Es menester que termine según la mía.
Lucrecia.—Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis razón alguna para querer la muerte de ese hombre?
Alfonso.—¿Y la palabra que os he dado? El juramento de un rey es sagrado.
Lucrecia.—Esto es bueno para decírselo al pueblo. Pero de vos á mí, Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había prometido á Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído bajo palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de Valentinois no por eso dejó de evadirse del campo francés así que pudo. Vos mismo habíais prometido á los Petrucci devolverles Siena. No lo habéis hecho ni debido hacer. ¡Eh! La historia de los países está llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones podrían vivir un día con la rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre nosotros, Alfonso, una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se presenta otra.
Alfonso.—Sin embargo, doña Lucrecia, un juramento...
Lucrecia.—No me deis esas malas razones. No soy ninguna tonta. Decidme más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de queja contra ese Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis concedido su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy la ofendida.
Alfonso.—Justamente porque os ha ofendido, amor mío, no quiero concederle mi perdón.
Lucrecia.—Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por más tiempo á mis deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio para hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame. La misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos soberanos misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos sin nosotros, desde el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario de Dios. Acabemos con esto, querido Alfonso. Poned á ese Genaro en libertad. Es un capricho, si queréis; pero algo tiene de sagrado y de augusto el capricho de una mujer cuando salva la cabeza de un hombre.
Alfonso.—No puedo, querida Lucrecia.