Alfonso.—Hace apenas un instante habéis venido á mi encuentro como la tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un ultraje que se os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la cabeza del culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo de aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por Cristo, señora, que esto es extraño!

Lucrecia.—No quiero que ese joven muera, señor duque.

Alfonso.—Señora, los caballeros tan probados como yo no tienen costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es menester que la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi alma, que podéis escoger vos misma el género de muerte.

Lucrecia (con aire risueño y lleno de dulzura).—Don Alfonso, don Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir locuras vos y yo. Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha consentido demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos mis caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en este momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos, sentaos ahí, cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente, como marido y mujer, como dos buenos amigos.

Alfonso (tomando por su parte cierto aire de galantería).—Doña Lucrecia, sois mi señora y me considero harto dichoso con que os plazca tenerme un momento á vuestros pies.

(Siéntase cerca de ella.)

Lucrecia.—¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis, Alfonso, que os amo como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que hicisteis tan deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo estaba en el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro hermoso caballo blanco cargado de guarniciones de oro y el noble aspecto de rey que teníais!

Alfonso.—Erais también muy bella vos, señora, y aparecíais bien resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata.

Lucrecia.—¡Oh, no me habléis de mí, monseñor, cuando os hablo de vos! Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el haberme casado con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo verdaderamente, como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es verdad, Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón. Escuchad, Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente, yo me corregiría bien pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo hacemos! ¡Dadme vuestra mano, dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad, pienso ahora en ello, es muy ridículo que un príncipe y una princesa como vos y yo, que están sentados uno al lado de otro en el más bello trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan estado á punto de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano. Dad orden para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y la leona no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona ducal fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro ducado de Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á que vaya á decirle á Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar cuanto antes de Ferrara á ese Genaro.

Alfonso.—No corre prisa.