Lucrecia (desesperada).—¡Me ahogo aquí! ¡Aire! ¡aire! ¡tengo necesidad de respirar un poco! (Se dirige á una ventana, y pasando al lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente): Dí que no eres tú.

Alfonso (aparte).—Le ha hablado en voz baja.

Genaro.—Duque Alfonso, los pescadores de Calabria que me criaron y que me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y atrevido, me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque Alfonso, yo soy el hombre á quien buscáis.

Alfonso (volviéndose á Lucrecia).—Tenéis mi palabra de duque coronado, señora.

Lucrecia.—Tengo que deciros dos palabras en particular, monseñor.

(El duque hace seña al hujier y á los guardias de retirarse con el prisionero á la sala contigua).

ESCENA IV

LUCRECIA, ALFONSO

Alfonso.—¿Qué me queréis, señora?

Lucrecia.—Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que no quiero que ese joven muera.