Alfonso.—Poco me importa la manera. ¿Qué elegís?

Lucrecia.—Lo otro.

Alfonso.—¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de darle vos misma el contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo estaré allí. No os figuréis que vaya á dejaros.

Lucrecia.—Haré lo que queráis.

Alfonso.—¡Bautista! (El hujier reaparece.) Traed al preso.

Lucrecia.—Sois un hombre terrible, monseñor.

ESCENA V

Los mismos, GENARO, los guardias

Alfonso.—¿Qué es lo que he oído decir, señor Genaro? ¿Que lo que habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y bravata, y sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y salvo á Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república de Venecia de un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel que lleva una fiel espada cuando hay allende las aguas de Chipre y de Candía idólatras y sarracenos.

Genaro.—Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo confieso, este desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia es una virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí abajo.