Alfonso.—Capitán, ¿es buen servicio el de la república? ¿Cuánto ganáis un año con otro?

Genaro.—Tengo una compañía de cincuenta lanzas, monseñor, que pago y visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las presas, me da dos mil cequíes de oro por año.

Alfonso.—¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me serviríais á mí?

Genaro.—No podría. Debo servir aún cinco años á la república. Estoy ligado.

Alfonso.—¿Cómo ligado?

Genaro.—Por juramento.

Alfonso (bajo á Lucrecia).—Parece que esa gente cumple los suyos, señora. (Alto.) No hablemos más de ello, señor Genaro.

Genaro.—No he cometido ninguna cobardía para salvar la vida, pero puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir ahora. Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos años, monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran peligro de perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban á matarle. Un soldado aventurero le salvó la vida.

Alfonso.—Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese soldado.

Genaro.—Era yo.