Alfonso.—Pardiez, capitán, esto merece recompensa. ¿No aceptaríais por acaso esta bolsa llena de cequíes de oro?

Genaro.—Hacemos juramento cuando entramos al servicio de la república de no recibir dinero alguno de los soberanos extranjeros. Con todo, si Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la distribuiré en mi nombre á los bravos soldados que veo aquí.

(Muestra los guardias.)

Alfonso.—Hacedlo. (Genaro toma la bolsa.) Pero, entonces, beberéis conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis antepasados, á fuer de buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de Siracusa.

Genaro.—De muy buena gana, señor.

Alfonso.—Y para honrar á quien ha salvado nada menos que á mi padre, quiero que sea la señora duquesa en persona quien os escancie el vino. (Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el dinero á los soldados en el fondo del teatro. El duque llama): ¡Rustighello! (Rustighello aparece con la bandeja.) Pon la bandeja ahí, sobre esa mesa. Bien. (Cogiendo á Lucrecia por la mano.) Señora, escuchad lo que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte detrás de esa puerta con tu espada desnuda en la mano; si oyes el sonido de esta campanilla, entrarás. Anda. (Rustighello sale, y se ve cómo vuelve á colocarse detrás de la puerta.) Señora, le echaréis vos misma de beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el frasco de oro.

D. Alfonso (aparte).—Ya está...

Lucrecia (pálida, con voz débil).—Si supiéseis lo que hacéis en este momento, y cuán horrible cosa es, os estremeceríais, por desnaturalizado que seáis, monseñor.

Alfonso.—Tened cuidado con no equivocar el frasco. Vamos, capitán.