(Genaro, que ha terminado su distribución del dinero, vuelve al proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus labios.)
Genaro.—Estoy confuso con tantas bondades, señor.
Alfonso.—Señora, escanciadle vino al señor Genaro. ¿Qué edad tenéis, capitán?
Genaro (tomando la otra copa y presentándola á la duquesa).—Veinte años.
Alfonso (bajo, á la duquesa, que trata de coger el frasco de plata).—El frasco de oro, señora. (Lucrecia le toma temblando.) ¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?...
Genaro.—¿Quién no lo está un poco, monseñor?
Alfonso.—¿Sabéis, señora, que hubiera sido una crueldad privar al capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las ilusiones de los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de los bailes de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde se engaña á tantos maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven puede amar y que deben amarle? ¿No es verdad, señora? Dad de beber al capitán. (Por lo bajo.) Si vaciláis, hago entrar á Rustighello.
Genaro.—Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir para mi pobre madre.
Lucrecia (aparte).—¡Oh, qué horror!
Alfonso (bebiendo).—¡Á vuestra salud, capitán Genaro; que viváis muchos años!