Gubetta (Desde un rincón.)—Noventa y siete.
Jeppo.—Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de un miércoles á jueves...
Gubetta.—No, de un martes á miércoles.
Jeppo.—Tenéis razón.—Aquella noche, pues, un barquero del Tíber, que estaba echado en su barca, custodiando sus mercancías, presenció algo espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia de San Jerónimo, y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió avanzar en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos; después aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se reunieron siete; sólo uno de ellos iba montado. La noche estaba muy oscura, y en todas las casas que dan al Tíber veíase sólo una ventana iluminada. Los siete hombres se aproximaron á la orilla del río; el jinete hizo dar media vuelta á su caballo, y entonces el barquero vió claramente en la grupa unas piernas que pendían por un lado, mientras que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el cadáver de un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces con fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el agua, el jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron: «Sí, Excelencia.» Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y como viese alguna cosa negra que flotaba en el agua, preguntó qué era aquello. «Señor, le contestaron, es la capa del difunto.» Uno de los hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la capa, hasta que se hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que conduce á San Jaime. He aquí lo que el barquero vió.
Maffio.—¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje el que esos hombres echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El asesino montado y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara!
Gubetta.—En ese caballo iban los dos hermanos.
Jeppo.—Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el cadáver era el de Juan Borgia, y el jinete era César Borgia.
Maffio.—¡Familia de diablos es la de los Borgias! Y decidme, Jeppo, ¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio?
Jeppo.—No os lo diré, pues la causa del asesinato es tan abominable, que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello.
Gubetta.—Pues yo os lo diré: César, cardenal entonces, mató á Juan, duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la misma mujer.