Ascanio.—Será algún entierro.

Jeppo.—Bebamos á la salud del que van á enterrar.

Gubetta.—¿Sabéis que no habrá más de uno?

Jeppo.—¡Pues bien, á la salud de todos!

Apóstolo (á Gubetta).—¡Bravo! continuemos por nuestra parte la invocación de San Pedro.

Gubetta.—Sed más cortés; se debe decir: al señor San Pedro, digno portero del paraíso.

(Canta.)

Todos (chocando sus copas y profiriendo carcajadas):

¡Gloria Domino!

(La gran puerta del fondo se abre silenciosamente de par en par y se ve fuera una inmensa sala tapizada de negro, iluminada por algunas antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una larga fila de penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos por los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando cada monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando con acento lúgubre y en voz alta):