¡De profundis clamavi ad te, Domine!
(Se alinean silenciosamente en ambos lados de la sala, permaneciendo inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes caballeros los miran con estupor.)
Maffio.—¿Qué quiere decir eso?
Jeppo (esforzándose para reirse).—Es una broma. Apuesto mi caballo contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra el de Borgia, á que son nuestras encantadoras condesas las que se han disfrazado de ese modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas capuchas veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (Levanta sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro lívido de un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la vista baja. Deja caer la capucha y retrocede.) ¡Esto comienza á ser extraño!
Maffio.—No sé por qué se me hiela la sangre en las venas.
Los penitentes (cantando con voz sonora).—¡Conquassabit capita in terra multorum!
Jeppo.—¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas, vengan nuestras espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio!
ESCENA II
Los mismos, LUCRECIA
Lucrecia (apareciendo de repente, vestida de negro, en el umbral de la puerta).—¡Estáis en mi casa!