Todos (excepto Genaro que observa desde un rincón, donde Lucrecia no le ve).—¡Lucrecia Borgia!

Lucrecia.—Hace pocos días, todos los que estáis aquí, pronunciabais mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con espanto. Sí, ya podéis mirarme con esos ojos atónitos por el terror; soy yo, señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la sala contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y pisaros la cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli, á quien mandé dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano! ¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á tu primo Pandolfo, á quien asesiné para robarle su palacio! ¡Oloferno Vitellozzo, tu tío te espera, ya sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una fiesta! ¡Maffio Orsini, pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu hermano el de Gravina, á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo Gazella, yo hice decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo Alfonso de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara. ¡Fiesta por fiesta, señores!

Jeppo.—¡He aquí un triste despertar, Maffio!

Maffio.—¡Pensemos en Dios!

Lucrecia.—¡Ah, amiguitos míos del último carnaval, ya sé que no esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué opináis, señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (Á los monjes.) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua, que ya está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes que les quedan para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores, aquellos que entre vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad tranquilos; esos dignos padres son monjes de San Sixto, á quienes el Padre santo ha permitido ayudarme en ocasiones como la presente. Y si me he cuidado de vuestras almas, advertid que no he olvidado los cuerpos. ¡Mirad! (Á los monjes que están delante de la puerta del fondo.) Apartad un poco para que estos señores vean. (Los monjes se desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un paño negro y alineados delante de la puerta.) Ya lo veis, hay cinco. ¡Ah caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo que ésta no se vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes!

Genaro (á quien no ha visto hasta entonces, da un paso).—¡Se necesita otro, señora!

Lucrecia.—¡Cielos, Genaro!

Genaro.—El mismo.

Lucrecia.—Que todo el mundo salga de aquí y nos dejen solos... ¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que ha de pasar aquí, que no éntre nadie!

Gubetta.—Está bien.