Prefacio
Dos maneras hay de apasionar á la multitud en el teatro: por lo grande y por lo verdadero; lo grande influye en las masas; lo verdadero en el individuo.
El objeto del poeta dramático, cualquiera que fuere el conjunto de sus ideas sobre el arte, debe ser siempre, ante todo, buscar lo grande, como Corneille, ó lo verdadero, como Molière, ó lo que sería mejor, alcanzar á la vez ambas cosas, lo grande en lo verdadero y lo verdadero en lo grande, como Shakespeare.
Porque, observémoslo de paso, á Shakespeare le fué dado, y á esto debió la soberanía de su genio, conciliar, unir y amalgamar de continuo en su obra esas dos cualidades, la verdad y la grandeza, cualidades casi contrarias, ó por lo menos tan diferentes, que la falta de cada una de ellas constituye lo inverso de la otra. El escollo de lo verdadero es lo pequeño; el escollo de lo grande es lo falso. En todas las obras de Shakespeare hay algo grande que es verdadero y viceversa; en el centro de todas sus creaciones se encuentra el punto de intersección de lo grandioso y de lo verdadero; y allí donde se cruzan las cosas grandes y las verdaderas, el arte es completo. Shakespeare, así como Miguel Ángel, parece haber sido creado para resolver este problema extraño, cuya simple enunciación parece absurda:—mantenerse siempre en la naturaleza, saliendo de ella algunas veces.—Shakespeare exagera las proporciones, pero conserva la relación. ¡Admirable omnipotencia del poeta! Hace cosas más elevadas que nosotros, que viven como nosotros. Hamlet, por ejemplo, es tan verdadero como cualquiera de nosotros, y más grande; Hamlet es colosal, y sin embargo, verdadero; Hamlet no es como uno de vosotros ó como yo; es como todos; Hamlet no es un hombre, es el hombre.
Separar continuamente lo grande á través de lo verdadero, y esto á través de aquello, es, según el autor de este drama, el objeto del poeta en el teatro, manteniendo todas las demás ideas que ha podido desarrollar sobre estas materias. En dos palabras, lo grande y lo verdadero lo encierran todo; la verdad contiene la moralidad; en lo grandioso está lo bello.
Nadie supondrá que el autor haya tenido la presunción de creer que jamás alcanzó ese objeto, ni que podrá alcanzarla nunca; pero se le permitirá declarar públicamente que jamás buscó otro en el teatro hasta hoy día. El nuevo drama que ha hecho representar es un esfuerzo más hacia ese brillante fin. ¿Cuál es, en efecto, la idea que ha tratado de realizar en María Tudor? Hela aquí: una reina que sea mujer; grande como soberana, verdadera como mujer.
El autor lo ha dicho ya en otra parte: el drama, tal como le comprende, el drama, tal como quisiera verle creado por un hombre de genio, el drama según el siglo XIX, no es la tragicomedia altiva, desmesurada, española y sublime de Corneille; no es la tragedia abstracta, amorosa, ideal y divinamente elegíaca de Racine; no es la comedia profunda, sagaz, penetrante y demasiado irónica de Molière; no es la tragedia de intención filosófica de Voltaire; no es la comedia de acción revolucionaria de Beaumarchais; no es más que todo eso, pero lo es todo á la vez; ó mejor dicho, no es nada de eso. No es, como en los grandes hombres que acabamos de citar, un solo lado de las cosas, sistemático y continuamente sacado á luz; es el conjunto considerado á la vez bajo todas sus fases. Si hubiera hoy un hombre que pudiese realizar el drama tal como le comprendemos, este drama sería el corazón humano, la cabeza humana, la pasión humana, la voluntad humana; sería el pasado resucitado en provecho del presente; sería la historia que nuestros padres hicieron, confrontada con la que nosotros hacemos; sería mezclar en la escena todo lo que se mezcla en la vida; sería un motín allá y un diálogo de amor aquí; en este último una lección para el pueblo, y en el otro un grito para el corazón; sería la risa, y también las lágrimas; sería el bien, el mal, lo superior, lo inferior, la fatalidad, la providencia, el genio, la casualidad, la sociedad, el mundo, la naturaleza, la vida; y algo grande cerniéndose sobre todo esto.
Á este drama, que constituiría para la multitud una enseñanza perpetua, le sería permitido todo, porque estaría en su esencia no abusar de nada. Llegaría á ser tan notorio por su lealtad, elevación, utilidad y recta conciencia, que no se le acusaría nunca de buscar el efecto y el ruido allí donde sólo hubiera deseado obtener una lección moral. Podría llevar á Francisco I á casa de Magalona sin hacerse sospechoso; producir en el corazón de Didier un sentimiento compasivo para Marion; y sin que se le tachase de enfático y exagerado, como al autor de María Tudor, presentar ampliamente en la escena, con toda su terrible realidad, ese formidable triángulo que tan á menudo aparece en la historia: una reina, un valido y un verdugo.