Lord Chandos.—Tenéis razón, milord; es preciso que ese condenado italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede prescindir de él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo á él escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis?
Simón Renard.—Muy enamorada está ciertamente, y por lo tanto muy celosa.
Lord Chandos.—¡Ese italiano la tiene hechizada!
Lord Montagu.—Á decir verdad, asegúrase que los de su nación tienen filtros para ese objeto.
Lord Clinton.—Los árabes saben confeccionar sutiles venenos que matan, y los italianos conocen los que hacen amar.
Lord Chandos.—La reina está enamorada y enferma á la vez; debe haber bebido las dos clases de veneno.
Lord Montagu.—¿Pero es ese hombre realmente italiano?
Lord Chandos.—Parece haber nacido en Italia; pero pretende tener relaciones de parentesco con una distinguida familia española.
Lord Clinton.—Es un aventurero, de no sé qué país. Esos hombres que son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando llegan al poder.
Lord Montagu.—¿No decíais que la reina está enferma, Chandos? esto no le impide vivir alegremente con su valido.