Lord Clinton.—¡Alegremente! Mientras que la reina ríe, el pueblo llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe oro. La reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el tal Fabiano Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu, como vos, Chandos, como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene la orden de la Jarretera, lo mismo que el infante de Portugal, el rey de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo conde de Northumberland. ¡Y qué duro es ese tirano que nos gobierna desde su lecho! Nunca pesó otro semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos déspotas, pues ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del verdugo, afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á Northcurry, hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima os llegará el turno, Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima. ¡Señores, señores, es una vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas inglesas caigan por el capricho de no sé qué miserable aventurero, que no es hijo de nuestro país! ¡Es insoportable y espantoso que un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos como quiere de la habitación de esa reina! Los dos viven alegremente, según decís; mas ¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los dos enamorados se divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace viudas y huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del ruido de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y los estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría en vuestra casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos víctimas aquí y menos verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no tantos cadalsos en Tyburn!

Lord Montagu.—Cuidado con lo que decís, porque nosotros somos súbditos leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la reina.

Simón Renard (poniendo la mano en el hombro de lord Clinton).—¡Paciencia!

Lord Clinton.—¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor Simón Renard. Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador, y su legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro esposo de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero tratándose de nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y para nosotros el verdugo.

(Ha cerrado la noche.)

Simón Renard.—Ese hombre no me molesta menos que á vosotros, pues si teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho más. No hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito.

Lord Montagu.—¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días pienso en ello.

Simón Renard.—No se hacen ni deshacen de día los favoritos de la reina, sino de noche.

Lord Chandos.—La de hoy es bien negra y pavorosa.

Simón Renard.—Á mí me parece magnífica para lo que trato de hacer.