Lord Chandos.—¿Qué es ello?

Simón Renard.—Ya lo veréis... Milord Chandos, cuando una mujer reina, el capricho gobierna; entonces, la política no es ya cuestión de cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el día de hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al ajedrez, sino á los naipes.

Lord Clinton.—Todo eso está muy bien; pero vamos al hecho. Señor baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente, porque mañana decapitan á Tyrconnel.

Simón Renard.—Si encuentro esta noche un hombre como el que busco, Tyrconnel cenará con vos mañana.

Lord Clinton.—¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con Fabiani?

Simón Renard.—¿Tenéis buena vista, milord?

Lord Clinton.—Sí, aunque sea viejo y la noche esté negra, veo bastante.

Simón Renard.—¿Divisáis la ciudad de Londres al otro lado del río?

Lord Clinton.—Sí. ¿Por qué?

Simón Renard.—Mirad bien. Desde aquí se ve la subida y la bajada de todo favorito: Westminster y la Torre de Londres.