Lord Clinton.—¿Y bien?

Simón Renard.—Si Dios me ayuda, en este momento hay allí un hombre... (Señala la abadía de Westminster.) que mañana á la misma hora estará aquí.

(Señala la Torre.)

Lord Clinton.—¡Que el Señor os preste su ayuda!

Lord Montagu.—El pueblo no le odia menos que nosotros. ¡Qué fiesta habrá en Londres el día de su caída!

Lord Chandos.—Nos hemos puesto en vuestras manos, señor baile, y por lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer?

Simón Renard (mostrando la casa situada junto á la orilla).—¿Veis todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador; no la perdáis de vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros mucho. Sobre todo, no hagáis nada sin mí.

Lord Chandos.—Está bien.

(Todos se alejan por diversos lados.)

Simón Renard (solo).—No es fácil encontrar un hombre como el que necesito.