(Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo y se dirigen hacia la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa.)
ESCENA II
JUANA, GILBERTO y JOSHUA FARNABY
Joshua.—Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de noche y he de ir á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy libre como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos, adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices. ¡Ah! dime tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda?
Gilberto.—De aquí á ocho días. ¿No es verdad, Juana?
Joshua.—Ahora recuerdo que pasado mañana es Navidad, día de felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que es imposible desear más belleza en la novia y más amor en el novio. ¡Sois dichosos!
Gilberto.—¿No lo eres tú también, buen Joshua?
Joshua.—Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á todo hace tiempo. (Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que pende de su cintura.) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo sonido me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas. Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame la ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de Enrique VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres como éstas de vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza á la segunda, dispuso que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á la cuarta, aunque expulsándola; pero en cambio ordenó que decapitaran á la quinta. No creáis que os refiero el cuento de Barba-Azul, porque es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel tiempo ocupábame en la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y por otra; y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del rey ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se declaraban en contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es decir los que no estaban por el rey ni por el papa. Cada cual salía del paso como podía, hallándose amenazado siempre por la cuerda ó la hoguera. Á mí me han chamuscado más de cuatro veces, y creo que me descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes de efectuarse la ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste! Sí, yo me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y para qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo III me encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello gris no se deben profesar las opiniones por las cuales nos batíamos antes, ni tratar á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte años, pues unas y otras parecen ya muy feas y viejas, raquíticas, llenas de arrugas y estúpidas. Esa es mi historia. Ya me he retirado de los negocios, y ya no soy soldado del rey ni del papa, sino carcelero de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y encierro bajo llave á todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la prisión y el otro en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los ministros y favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido. Además tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi cariño. Si sois felices, ya estoy contento.
Gilberto.—En tal caso, sé dichoso, Joshua.
Joshua.—Yo no puedo hacer nada por tu felicidad; pero Juana lo hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte ningún servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor para necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará mi deuda al mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos todo; tú la recogiste y educaste cuando era una pobre niña huérfana y abandonada; y á mí me salvaste un día que me ahogaba en el Támesis.