Gilberto.—¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua?

Joshua.—Para decirte que nuestro deber es amarte, yo como un hermano, y ella... como otra cosa.

Juana.—Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua.

(Entrégase á una profunda meditación.)

Gilberto (en voz baja á Joshua).—¡Mírala, Joshua! ¿No te parece que es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No puedes imaginar cuánto la amo.

Joshua.—¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una mujer. Tratándose de un niño, es otra cosa.

Gilberto.—¿Qué quieres decir?

Joshua.—Nada... De aquí á ocho días asistiré á vuestra boda. Espero que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del Estado, y que todo se acabará.

Gilberto.—¿Qué se acabará?

Joshua.—¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas, porque estás enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las intrigas de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez dentro de veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro cerca de la reina.