Scarpia

Exacto... Y no depende más que de mí, de mi voluntad exclusivamente el embellecer ese famoso grupo añadiéndole una nueva figura... ¡la vuestra! (Floria levanta los hombros despreciativamente.) Pero no lo haré. No soy tan insensato que pretenda privar a los romanos de su ídolo, al cual también profeso yo un verdadero culto... El dilettante Scarpia no perdonaría nunca al director de policía semejante atentado de leso arte... Ah, no, de ningún modo. Vos, señora mía, no honraréis con vuestro concurso personal tan lúgubre representación... Vuestro coche, por orden mía, os aguarda abajo; las puertas del castillo las tenéis abiertas de par en par... Estáis libre, completamente libre.

Floria

(Al oír estas palabras lanza una exclamación de alegría y corre hacia la puerta de salida.) ¡Ah!...

Scarpia

(Sentándose de nuevo a la mesa.) Esperad... Creo adivinar el verdadero significado de ese grito. (Floria se para.) De seguro no es la noticia de vuestra libertad la que acaba de haceros prorrumpir en esa espontánea exclamación de alegría. Es sin duda este pensamiento que ha surgido al propio tiempo en vuestro cerebro: «Corro ahora mismo al palacio de Farnesio, penetro de cualquier modo en la cámara de la reina, que siempre me ha profesado mucho afecto, y la arranco con súplicas y con lágrimas el indulto de mi amante...» ¿Acerté?

Floria

Si... Eso haré...

Scarpia

Por desgracia tengo aquí una orden terminante que debo cumplir. (Desdobla el papel que está sobre la mesa.) «El caballero Cavaradossi será ejecutado antes de salir el sol.» Leedla. Cuando llegue a mi poder la gracia de indulto, el reo habrá sufrido ya la última pena.