Scarpia
Sí; pero, pronto, sentaos... Estáis a punto de caer desfallecida y yo no puedo seguir cenando con tranquilidad mientras vos continuáis en pie... Vamos, hacedme el favor de tomar asiento y aceptad siquiera dos dedos de este excelente vino de España. (Se lo sirve.) Y aquí, con los codos apoyados sobre la mesa, hablaremos con más intimidad y más cómodamente acerca de los medios de aliviar en lo posible, la triste situación por la que atraviesa Cavaradossi.
Floria
No tengo hambre ni sed más que de su libertad. (Se sienta resueltamente enfrente de él, retira el vaso de vino y coloca los codos sobre la mesa.) ¡Concluyamos!... ¿Cuánto?
Scarpia
(Dejando de beber.) ¿Cómo cuánto?
Floria
Sí; ¿qué suma queréis?
Scarpia
¿Dinero? ¿Por quién me habéis tomado? ¡Quién piensa en eso! Porque hace pocas horas estuve implacable, hasta feroz quizá, en el cumplimiento de mis deberes, ¿suponéis que soy capaz de venderme? ¡Qué mal, que mal me conocéis! Si yo extremaba mi celo en la persecución de Angelotti, era porque su fuga constituía mi perdición... Pero una vez realizada mi tarea, soy como el soldado que depone la cólera al cesar el combate... Ahora ya no encontraréis en mí más que al barón Scarpia, uno de vuestros más fanáticos admiradores. (Se levanta y se acerca a ella, que, siempre sentada, le mira con inquietud.) Y esta ferviente adoración mía ha adquirido esta noche mayor intensidad... Sí, Floria, hasta hoy yo solo había visto en vos a la inimitable intérprete de las dulcísimas melodías de Cimarrosa y de Paisiello; pero de pronto se me ha revelado la mujer... la mujer más apasionada y mil veces más admirable en la realidad de la pasión y del dolor que en las ficciones de la escena... ¡Qué acentos tan patéticos acabo de oíros!... ¡qué gestos tan conmovedores!... ¡qué gritos tan sublimes!... Cuando yo he visto todo esto, verdaderamente maravillado, estuve a punto de olvidar mi papel en aquella terrible tragedia, para aclamaros como un espectador entusiasmado, y declararme vencido ante tan prodigiosas seducciones.