Floria

(A media voz, pero siempre inquieta.) ¡Ojalá lo hubieseis hecho!

Scarpia

(Dejando el vaso sobre la mesa y sentándose en el sofá cerca de ella.) ¿Queréis saber por qué no lo hice? Pues porque al mismo tiempo que experimentaba este entusiasmo súbito por la mujer fascinadora, tan diferente de aquellas que había conocido hasta entonces, surgieron en mi alma unos celos horribles... unos celos espantosos que me roían las entrañas. ¿Cómo —me decía yo— esta cólera que enrojece su semblante, estos gritos de angustia que ella lanza, son por un individuo cualquiera, por un miserable pintor que no vale ni una sola de sus lágrimas? Y cuanto mayores y más sentidas eran vuestras súplicas por él, más se aferraba en mí el ansia de tenerlo en mi poder para hacerle sufrir todo lo que yo sufría, para hacerle pagar con la vida tanto amor, y castigarle, sí, sí, castigarle sin compasión y sin tregua... ¡Oh! le odio de tal modo por esa felicidad inmerecida que ha conseguido, le envidio de tal suerte por poseer una criatura tan angelical como vos, que no podré perdonarlo nunca... nunca, sino con una condición... una sola... La de tener yo también mi parte en esa dicha.

Floria

(Levantándose.) ¿Tú?

Scarpia

Y la tendré. (Sentado y tratando de retenerla por un brazo.)

Floria

(Separándose de él violentamente y lanzando una carcajada de burla.) ¿Tú?... Antes me arrojaría por ese balcón.