El duro trance, ni él callar pudiera.

LXXXVIII.

«¡Acá, acá, revolved! ¡yo soy!» les dice;

«¡Contra mi pecho encaminad la espada!

¡Oh Rútulos! mirad que ese infelice

Nada osó hacer, ni hacer pudiera nada.

Todo yo lo tracé, todo lo hice.

Por los astros lo juro y la morada

Celeste. Fué su culpa, demasiado

Á un sin ventura amigo haber amado.»