»Hija de esos incógnitos confines,
Con fuerte encanto vindicarme fia
Negra maga que el templo y los jardines
Guardó de las Hespérides un dia:
Ella daba sustento á los mastines,
Y el árbol milagroso defendia,
Y de amapola soporosa, y blanda
Miel, esparcia la eficaz vïanda.
XCVII.
»Que ardores hiela con sus cantos jura,
Y da al helado fuego en que se queme;
Ataja los torrentes, y en la altura
Suspenso el astro sus hechizos teme;
Sombras evoca entre la noche oscura,
Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme
La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan,
Que al conjuro, del monte se descuajan.
XCVIII.
»Tú, en lo interior, si mi salud deseas,
Alza al raso una hoguera sin testigo
(Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas,
Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo).
La espada que dejó pendiente Enéas,
El lecho que en mi mal nos fuera amigo,
Ponlo allá todo; la adivina aguarda
Que no quede reliquia sin que arda.»
XCIX.
En sus labios aquí se heló la risa,
Y ocupa el rostro palidez funesta;
Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa
Que un nuevo estilo funerario apresta;
Ana ciega áun no en Dido aquel divisa
Mental furor; ni la imagina expuesta
Á golpe más cruel, dolor más crudo
Que en muerte del marido estarlo pudo.
C.
Y así ignorante la infeliz jornada
Va á preparar. La Reina, en cuanto mira
Al cielo descubierto levantada
En el patio interior la triste pira,
Con leños resinosos solidada
Y con rajas de roble, en torno gira
Tendiendo hojosa amenidad, y al muro
Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.