«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!
¿Buscaré mis antiguos amadores?
¿Iré humilde á los reyes comarcanos?
¡Yo pisé su esperanza y sus amores!
¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos?
¡Harto gratos han sido á mis favores!
¿Ni á bordo su altivez me sufriria?
Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza?
¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios
Volaré armada en pos á darles caza?
Mas si á éstos de sus términos natío.
Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traza
Los moveré á tornar á los navíos?
No, no; mi salvacion la muerte sea;
¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente,
Márgen diste á tan grande pesadumbre,
Tú doblaste al amor mi dócil frente!...
¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre
De la bestia del campo independiente,
Libre vagar de acerba servidumbre!...
Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...»
Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto,
Ajeno él mismo de temor, dormido
Quedóse en la alta popa: al Dios en esto
Torna á mirar, que en las murallas vido:
Con la propia actitud, la voz, el gesto
Viene, en todo á Mercurio parecido;
Aureo cabello y juvenil belleza
Ornan sus blandas formas, y así empieza:

CX.

«En mal punto en sus brazos te entretiene
El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira,
Torna el daño á mirar que sobreviene,
Y oye á Favonio que oportuno espira!
¿Los lazos sabes tú que ella previene?
Fragua es su pecho de furente ira;
Y ya, de perecer determinada,
Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.