Dice; y mover esotra el paso intenta
Con senil priesa. Mas la audaz amante,
Terrible con la idea que apacienta,
Temblorosa la faz, la vista errante,
Torva en el ceño, en el mirar sangrienta,
Jaspeado de visos el semblante,
Pálida de la muerte ya cercana
Vuela al recinto funeral insana.
CXXVII.
La alta hoguera con fiero desenfado
Monta; la espada desnudó con ira
(Dón no á tal ministerio destinado);
Mas cuando el lecho y los vestidos mira,
Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado,
Repórtase y con lágrimas suspira;
Y arranca así, postrándose en el lecho,
Los últimos sollozos de su pecho:
CXXVIII.
«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna!
¡Dulces por siempre cuando Dios queria!
Mi espíritu os entrego, y mi importuna
Memoria cese con la vida mia!
La senda anduve que emprendí en la cuna;
Viví las horas que vivir debia:
Hoy, fin logrando á míseros afanes,
Van á otro mundo mis augustos manes.
CXXIX.
»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,
Murallas propias coronó mi mano;
Vengué la sombra del esposo cara;
Yo tomé enmienda del malvado hermano.
¡Feliz, harto feliz si no tocara
Mis costas, nada más, bajel troyano!»
Y aquí, á par que en el lecho el rostro imprime,
«¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.
CXXX.
«¡Así á la eternidad partir me agrada!
El Dárdano este fuego á ver acierte
Volviendo de la mar una mirada,
Y el triste agüero lleve de mi muerte!»
Dijo; y, herida en esto, derribada,
La mano en sangre tinta, el hierro fuerte
Manando sangre las doncellas notan,
Y el palacio á gemidos alborotan.