CXIX.
»Ni es sér mortal, matronas, lo que veo:
Notad de insigne majestad señales,
El porte, de la vista el centelleo,
Voz divina y fragancias celestiales.
La retea Beroe su deseo
De hacer á Anquíses honras funerales
Con nosotras aquí, distante ahora
(Yo enferma la dejé) frustrado llora,»
CXX.
Ellas perplejas á la flota en tanto
Revuelven maliciosas las miradas:
El interpuesto mar les causa espanto,
Mas las llaman regiones anunciadas.
Oscilan entre amor y deber santo,
Cuando Íris de repente á sus miradas
Toma vuelo, y una ala y otra ala,
Trazando un arco inmenso, abre é iguala.
CXXI.
En frenesí convierten sus arrojos
Con la vision espléndida las damas:
Teas clamando lanzan, y, despojos
Del consagrado altar, hojas y ramas:
Van ministros de estrago los manojos;
Y dando rienda á las voraces llamas
Remos trepa y escálamos Vulcano,
Cruje y las gayas popas lame ufano.
CXXII.
Llevó al anfiteatro y sepultura
Santa de Anquíses, la noticia Eumelo;
Vuelven luégo á mirar, y en nube oscura
Ven trémulas pavesas ir al Cielo.
Tuerce al campo de horror y desventura
De su alegre carrera Ascanio el vuelo;
Con vano afan por detenerle, al paso
Salen sus ayos con aliento escaso.
CXXIII.
Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué furor extraño,
Qué error,» les dice, «os precipita ciego?
¿Pensais que á argivos campos haceis daño?
¡Oh, á vuestras esperanzas pegais fuego!
Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»
Dice, y el morrïon, disfraz del juego,
Deposita á sus plantas, y les muestra
La faz amiga y la inocente diestra.