CXXIX.
Cuatro habia el incendio devorado;
Con cuyo acerbo caso que intimida,
Enéas vacilante, acobardado,
No sabe por cuál rumbo se decida:
Si en Sicilia su nido asiente, al hado
Mal sumiso, que léjos le convida,
O si á Italia persiga, al hado atento;
Y la duda tenaz le da tormento.
CXXX.
Náutes entónces, venerable anciano
Por la tritonia Pálas adivino,
A quien ella dotó con larga mano
De ingenio insigne y de infalible tino,
Interrogado respondió, no en vano,
Ya sobre muestras del furor divino,
Ya lo que el hado inevitable ordena,
Y al héroe hablando, su inquietud serena:
CXXXI.
«¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía
Que una vez y otra vez marcó tu síno:
Tenaz luchando un dia y otro dia,
Vencerás los rigores del destino.
Ahí Acéstes está que se gloría
De su orígen superno: en tu camino
Te dé su luz, y á su favor sincero
Los restos fia del estrago fiero.
CXXXII.
»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado,
Las matronas, cansadas de los mares,
Los ancianos; en fin, cuanto á tu lado
Mezquino, flojo, inválido notares,
Quede todo de Acéstes al cuidado:
Funden ellos aquí muros y altares,
Y de Acéstes merced, de Acesta el nombre
Al nido que afiancen, grato asombre.»
CXXXIII.
Alentó el sabio al Rey; mas le destroza
Con nuevas dudas que á su mente inspira.
Y ya la húmida Noche en su carroza
Que negra copia de caballos tira,
Ocupa el firmamento. En esto goza
Ensueño seductor el héroe, y mira
La apariencia bajar del padre amado
Que á hablarle empieza con benigno agrado: