CXXXIV.
«Hijo, más caro que mi propia vida
Miéntras las auras respiré vitales;
Tú, á quien prueba Fortuna encrudecida,
A partir de Ilïon, con tantos males!
Jove en tu auxilio de enviarme cuida;
Jove, que de las sedes celestiales
Del afan se conduele que te aqueja,
Y el voraz fuego de la flota aleja.
CXXXV.
»Vé, y cumple sin temblar las prevenciones
Que anciano consultor te hace sinceras:
Flor de mancebos, recios corazones
Llevar debes de Italia á las riberas:
Allí con tus valientes campeones
Gentes has de postrar duras, guerreras.
Mas ántes avendrá que te regales
Bajando á las moradas infernales.
CXXXVI.
»Harás, en pos de mí yendo, hijo mio,
Cruzando el hondo Averno, oficio grato
Que yo no habito el Tártaro sombrío,
Mas los campos Elíseos moro y trato,
Deliciosa comarca, gremio pio:
Una maga de púdico recato,
Si hartas víctimas negras inmolares,
Te llevará á los místicos lugares.
CXXXVII.
»Y la prole y ciudad que te destina
Fortuna, entónces mirarás presente.
Mas ahora, adios: la Noche ya declina
Y con soplos me acosa el Orïente
De sus potros fogosos, que avecina.»
Así hablaba la sombra, y de repente
Húrtase al hijo y á su amante empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.
CXXXVIII.
Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza
Tu imágen? ¿no te curas de mi ruego?
¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza
Resucitando incontinente, el fuego
Que aletargado dormitaba, atiza:
Sacra masa y colmado incienso luégo
Al Dios ofrece que á su pueblo ampara,
Y humilde á la alma Vesta honra en el ara.