XXXV.
Ó ya á remo avanzando los navíos
Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada
Por los ecuóreos límites vacíos
Descubre á su esperanza su mirada.
Mas tres ciervos divisa que baldíos
Recorren la ribera: la manada,
Al sabroso pacer vagando atenta,
Por acá y por allá los sigue lenta.
XXXVI.
El arco y leves flechas, al instante,
Armas del fiel Acátes, arrebata
Enéas; y á los tres que van delante
Con orgullosa cornamenta, mata;
A tiros luégo el escuadron restante
Entre el frondoso bosque desbarata;
Ni desiste hasta ver de los venados
Siete grandes por tierra derribados.
XXXVII.
Así el número iguala al de bajeles;
Al puerto vuelve, do el botín divida
Entre sus tristes compañeros fieles;
Y con vino, de aquél que á su partida
De las riberas sículas, toneles
Bondoso Acéstes les hinchió, convida;
Y cura consolar los corazones
El obsequio apoyando con razones:
XXXVIII.
«¡Antiguos compañeros! sabedores
Ántes de ahora de aventuras tales:
Ya visteis acabar otros mayo es,
Dios dará fin á los presentes males.
De Scila atroz escollos ladradores:
De impios Ciclopes playas funerales:
¿Qué no habeis arrastrado? Alzad la frente,
Y ahogue su pena el corazon valiente!
XXXIX.
»Desgracias de hoy, mañana son memorias
Que despiertan secretas simpatías:
Senda de rudas pruebas transitorias
Nos lleva al Lacio y sus riberas pias:
Renacerán nuestras antiguas glorias;
Sufrid, guardáos para mejores dias!»
Dice; rie esperanzas, y hondamente
Sella el fiero dolor que el alma siente.