XXX.
Neptuno así de una mirada enfrena
Del piélago insolente los furores,
Y gira por la atmósfera serena
Dóciles sus caballos voladores.
Entre tanto, de la áspera faena
Cansados los troyanos viadores,
A las vecinas, líbicas orillas
Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXXI.
Vese allí en una cómoda ensenada
Formando puerto, una isla: á sus costados
Del piélago se rompe la oleada.
Y rota, entra á morir por ambos lados.
Guardando opuestos émulos la entrada,
Dos peñones, remate de collados,
Torvos se empinan: plácidas, á solas,
Tiéndense al pié las sombreadas olas.
XXXII.
Luégo, al entrar, divísase eminente,
Del sol quebrando el trémulo destello,
Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente
Cóncava peña cierra un antro bello.
Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente
De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
No aquí el cansado esquife ata la amarra;
No del áncora el garfio el fondo agarra.
XXXIII.
Saca Enéas, en suma, á salvamento
Siete naves. La gente, que desea
De la tierra el materno acogimiento,
Salta al césped que el céfiro recrea,
Y allí á los miembros húmidos da asiento.
Acátes hiere el pedernal; chispea;
Hoja menuda allega, adusta rama,
Y, el fómes atizando, arde la llama.
XXXIV.
Mojados sacan las cansadas manos
El dón de Céres y su tren; y aprestan
Piedras allí para moler los granos
Que en seco extienden y que al fuego tuestan.
Sube Enéas á un pico, y los lejanos
Horizontes registra, por si enhiestan
Las popas de Caïco allá su arreo,
Ó bien sus velas el bajel de Anteo;