XXV.
En tanto los rumores, los bramidos,
La inmensa agitacion Neptuno siente;
Siente los hondos sótanos movidos,
Y alza alarmado la serena frente
Por cima de las ondas. Esparcidos
Los buques ve de la troyana gente,
Por todas partes maltratada y rota,
Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXVI.
Ni ya de Juno se ocultó al hermano,
Industrioso el rencor que horrores trama;
Y al punto con acento soberano
Al Céfiro y al Euro á cuentas llama;
«¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?
Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama
El agua en cerros que encrespais gigantes;
¡Guay!... Mas el mar apacigüemos ántes.
XXVII.
»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados;
Ni espereis de piedad segunda muestra;
Y á vuestro Rey decidle que los hados
No el tridente pusieron en su diestra:
Los reinos de la mar son mis estados!
Riscos él tiene allá, guarida vuestra;
Que respetoso á ajenos elementos,
Reine guardian de encadenados vientos!»
XXVIII.
Dice; nubes disuelve, el sol desnuda,
Y pone en paz las olas que batallan:
Cimotoe y Triton de roca aguda
Los míseros navíos desencallan;
Con su tridente él mismo les ayuda,
Las sirtes abre, y cielos y aguas callan;
Y por cima del mar, que apénas riza,
En levísimo carro se desliza.
XXIX.
¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira
Que la plebe en motin ruge y revienta?
Teas, guijarros por el aire tira;
La fuerza del enojo armas inventa:
Mas si á un prócer piadoso alzarse mira,
Se contiene, se acalla, escucha atenta;
Sola esa voz los ánimos ablanda,
Lleva la paz, y la obediencia manda.