XX.

»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,
Diomédes esforzado! ¿qué impía suerte
Me negó bajo el filo de tu acero
En los campos de Troya hallar la muerte?
Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero
Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte
Tanto noble adalid, rota armadura,
El Simois vuelca en su corriente oscura!»

XXI.

Cállale aquí borrasca bramadora
Que hosca en las velas da, la onda agiganta;
Quiébranse remos, tuércese la prora,
La onda el costado del bajel quebranta:
Álzase el agua en cimas, y á deshora
Rómpese: quién en vago se levanta;
Quién la ola henderse ve que lo encadena,
Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.

XXII.

Noto tres buques á su cargo toma
Y en adustos escollos los estrella
(Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma,
Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).
Sobre otros tres rugiente se desploma
Euro (¡escena de horror!), los atropella,
Y dales, entre puntas destrozados,
Tumba de arena en los hirvientes vados.

XXIII.

Al bajel que á los Licios aportaba,
El mismo en que el leal Oróntes iba,
Súbito hiere en popa una ola brava
Descargada con ímpetu de arriba.
Enéas el embate viendo estaba
Que de un vuelco el piloto al mar derriba,
Tres vueltas da el bajel, la angustia crece,
Y el vórtice lo traga, y desaparece.

XXIV.

Vense dispersos que en lo inmenso nadan;
Maderos y reliquias de combates,
Y troyanas riquezas sobrenadan.
De Ilioneo, aunque fuerte, á los embates
La nave ya, y las de Abas se anonadan,
Del viejo Alétes y el valiente Acátes;
Que, hondas las grietas, desligado el brío,
Abren su seno al elemento impío.