»Y él, él me persuadió que reverente
Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Te apiaden los trabajos inmortales;
Que tú eres, vírgen santa, omnipotente,
Y de los negros bosques infernales
La pavorosa Hécate no en vano
El cetro aterrador puso en tu mano.

XXV.

»La prenda de su amor el tracio Orfeo,
Luégo que hondo el Erebo la devora,
A salvar acertó, felice empleo
Haciendo de su cítara sonora:
Pólux, merced de enérgico deseo,
Librar logró al hermano á quien adora,
Y partiendo con él su sér divino
Pasa y repasa el lóbrego camino.

XXVI.

»Callaré de Teseo; del tremendo
Alcídes callo y su potente maza:
¡Yo, yo tambien de Júpiter desciendo!»
Pronuncia el héroe, y al altar se abraza.
Otra vez la adivina respondiendo,
«Troyano hijo de Anquíses, de la raza
De los supernos Dioses procedente,
Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente:

XXVII.

»Fácil es del Averno la bajada;
De dia y noche á la region oscura
Patente está la pavorosa entrada;
Mas volver y elevarse al aura pura,
Esa es la parte trabajosa, osada:
Muy pocos á quien Jove con ternura
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva,
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba.

XXVIII.

»Cubren selvas espesas y sombrías
El centro del Averno; á la redonda
Carcomiendo el Cocito ciegas vias
Con su torpe caudal callado ronda.
Mas si forzar el Tártaro porfías
Y dos veces cruzar la estigia onda,
Si en esto gozas que á otros acobarda,
Cómo has de comenzar escucha y guarda.

XXIX.