Y de mustias guirnaldas guarnecida
Y de rectos cipreses custodiada,
De adorno sobrepónenle en seguida
El limpio arnes y la desnuda espada.
En calderas de bronce recogida
Llegan agua á la lumbre aderezada,
Y ántes de que las llamas lo consuman,
El cuerpo helado lavan y perfuman.

XLV.

Unos, en medio del comun gemido,
Le extienden sobre el fúnebre tablado,
De su lujosa púrpura ceñido;
Otros (¡penoso ministerio!) á un lado
Vuelto el rostro, por rito establecido,
Pegan la antorcha al féretro enlutado:
Viandas, incienso, aceite rebosante,
Todo el fuego lo envuelve en un instante.

XLVI.

Cuando en pavesas descansó la llama,
Corineo balsámica ambrosía
En las reliquias cálidas derrama,
Y á una urna de metal los huesos fia:
De noble olivo consagrada rama
Blandiendo leve, á los demas rocía
Con lustral aspersion que hace tres veces;
Llora, y pronuncia las finales preces.

XLVII.

El Rey, de gratitud y piedad lleno,
Manda erigir soberbia sepultura;
Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno
Su clarin y su remo y su armadura.»
Se hizo al pié de un peñon, que de Miseno
Recibió el nombre que inmortal le dura.
Enéas á cumplir vuela, tras eso,
El sagrado mandato en su alma impreso.

XLVIII.

Hay en aquel confin una honda sima,
Vasta caverna de escabrosa roca:
Negro bosque, que en torno se arracima,
Guarda, y medroso lago, la gran boca.
No impune el ave que revuele encima
El torpe aire con sus alas toca
Que en columna de fétidos vapores
Sale á infestar los cercos superiores.

XLIX.