Trajo allí el Rey de la troyana gente
Cuatro negros novillos, á quien riega
Con vino la Sibila la alta frente;
Entre las astas elegido siega
Vellon cerdoso, que á la llama ardiente,
Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
En Cielo y en Averno poderosa.

L.

Quién apresta al degüello la cuchilla;
Quién vasos llena en sangre que chorrea:
Enéas mismo con su espada humilla
Lúcia cordera cuya piel negrea,
Porque la Noche, de furial cuadrilla
Madre, y su hermana al par, fácil le sea;
Inmolando despues estéril vaca,
Tu númen, Proserpina, honra y aplaca.

LI.

Nocturnas aras en seguida eleva
Al Rey estigio: enteras á la llama
De los novillos las entrañas lleva,
Y encima óleo abundante les derrama.
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva,
Treme la tierra, su hondo seno brama,
Oscilan selvas y vecinos cerros,
Y en la sombra ulular se oyen los perros.

LII.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora
Grita la profetisa: «¡Huid, profanos!
Desamparad la selva; y solo ahora
Vén tú conmigo, ¡oh Rey de los Troyanos!
¡Vén, desnuda la espada vencedora,
Rodeado de alientos sobrehumanos!»
Dijo y hundióse: á su furente guia
Enéas con pié intrépido seguia.

LIII.

¡Oh los que de las almas inmortales
Teneis, Dioses, el cetro y monarquía!
¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales!
¡Lugares de silencio y noche umbría!
¡Concededme salvar vuestros umbrales,
Y que al orbe revele la voz mia
Lo que vi, lo que oí, cuanto misterio
Guarda vuestro hondo, funeral imperio!

LIV.